Friday, November 07, 2014

La pasión (1)

Los días pasados hice un viaje por el río Ems en un barco grande, la "Marina", junto con Aafke y un amigo cineasta. He tocado la guitarra, he comido muy rico, he filmado y he contado historias. Puse una de las historias como voice over en el vídeo que hice del viaje. Como mi voz está en neerlandés pongo aquí la traducción. 
Antes de que la jarra se rompió, ella era entera. Eso es lógico. Antes de que se rompió, había desaparecido. Eso es menos lógico. Era porque ella desapareció y regresó, que se rompió. Eso no suena lógico, pero lo es.
Mi esposa y yo andamos una vez en bicicleta en el norte de Italia, de Venecia, pasando por Chioggia, Ferrara y Bolonia, a Pisa. En Bolonia visitamos una tienda de cerámica. Estábamos solos en la tienda. El propietario, un hombre un poco gordo y triste, le dio a mi esposa como regalo una caja pequeña de cerámica, en la forma de un corazón, que servía para almacenar un anillo o pendientes, dijo con una sonrisa tímida. Él nos contó que el último viaje que hizo con su esposa, fue un viaje con un barco en el río Rin
Le compramos una jarra para verter agua o vino. La jarra estaba hecha en el estilo del plato que heredé de mi abuela italiana, mayólica. Al igual que en el plato había un dragón pintado en amarillo, azul y verde. Me encantó el plato de mayólica y me encantó la jarra de la tienda del vendedor de cerámica en Bolonia
De vuelta en nuestro barco puse la jarra en la barra entre la cocina y sala de estar. Ella lucía allí como prueba y símbolo del gran amor entre mi esposa y yo.
Pero continuamos a luchar.
En una noche de verano la pelea era tan violentae que yo, mientras mi esposa se fue al baño, agarré la jarra y la tiré con fuerza a través de una ventana abierta que daba visto al río.
Me sorprendió que yo era capaz de arrojarla por la ventana abierta porque la ventana medía máximo ochenta con cuarenta centímetros.
Al día siguiente le pregunté a mi esposa si a ella notaba algo raro. Señalé el lugar vacío de la barra. Ella aún no había echado de menos la jarra.
Dos años más tarde, estamos a punto de hacer un viaje a América Latina durante siete meses. Decidimos de organizar una gran fiesta en el barco, con música, comida y bebida.
En la mañana de la fiesta mi esposa va al mercado para comprar pescado, verduras, frutas, aceitunas, queso, para nuestros huéspedes. Yo digo que voy a comprar flores, pero que primero quiero poner de nuevo el barco en su sitio. Por flojera en los cables causada por el pasar de un barco grande uno de los palos de choque se había torcida.
Caminando por la borda pienso que debo comprar una jarra para las flores. Agarro un palo largo, empujo el barco un poco de lado y meto el palo de choque de nuevo en su posición correcta. Mientras que estoy haciendo eso, veo flotando algo justo por debajo de la superficie del agua. Agarro un gancho y pesco una jarra lleno de barro del agua. Está cubierta de mejillones de agua dulce.
Limpio con mi dedo la parte inferior de la jarra y veo la etiqueta de color azul oscuro con borde de oro.
En el interior del barco, en el mostrador, limpio la jarra pero dejo algunos de los mejillones y la pongo en el bar.
Media hora más tarde, mi esposa regresa del mercado, cargado de víveres. De adorno lleva un par de serpentinas y dos faroles pintados con un gallo.
Digo: "Hay que mirar a la barra y ver lo que está ahí."
Ella no lo puede creer.
Durante muchos años, mi esposa y yo tenemos éxito con la historia sobre la jarra de Bolonia.
Un día mi esposa y yo tenemos de nuevo un conflicto fuerte y ella agarra la jarra del armario en la casa adonde nos habíamos mudado.
En los pocos segundos que ella tiene la jarra en su mano, pasa por mi mente: "No, no, no lo hagas!" Con un grito furioso la bota en el piso de la cocina.
Siento como si hubiera roto mi cabeza, como una chica puede romper su muñeca querida tirándola por las escaleras o hacia un rincón de su cuarto.
Unos minutos más tarde junto las piezas. El fondo (la parte inferior) no ha quebrado, la etiqueta sigue ahí.
Pongo el fondo en un sobre acolchado y lo guardo en una caja con pertenencias preciadas.
Un día voy a dar al fondo un lugar en la sala de estar, como muestra de nuestro gran amor




13 Comments:

Blogger Paco said...

Decía mi abuelo: "Las cosas no se rompen, solo pierden la forma".

Un abrazo.

6:46 AM  
Blogger giovanni said...

Bien dicho, Paco. Y quien de los dos rompía de vez en cuando algo, tu abuelo o tu abuela? O ninguno de los dos?

Un abrazo

8:29 AM  
Blogger Paco said...

De vez en cuando, mi abuelo, por supuesto...

3:49 PM  
Blogger giovanni said...

No es tan obvio, Paco. Hay también mujeres en 'ira' (es castellano?)

12:06 AM  
Blogger Isabel said...

Curioso como desgranas las historias.
Muy cineasta la imagen de romper la jarra.
Es ira, giovanni, o genio, o cabreo inmenso, y cada cual lo muestra según su caracter.
Yo, por ejemplo, no rompería nada porque luego hay que recogerlo. Mejor daría un portazo, pero, claro, si no hay puertas...
Abrazos

12:45 AM  
Blogger giovanni said...

Isabel, me gusta ese verbo, desgranar.
Creo que cuando filmara el romper de una jarra por ira o cabreo, no filmaré el quebrar en concreto sino en sugestivo, imaginado. El dejar libertad a la imaginación del lector o espectador es tan importante.
Casi siempre hay puertas, hay montones de puertas. Sin embargo, conozco a personas que en vez de darle un portazo le dan un puñado, hasta herir su puño (?). Por ejemplo acá, aquí al lado, tenemos una puerta cubierta con 4 autorretratos de Vincent van Gogh para cubrir los daños de un puñetazo de mi hijo cuando estuvo en ira... Y mi hija rompió una vez el cristal de la ventana del cuarto de la bañera que antes se encontraba en mi cuarto de trabajo. Parece que somo una familia de ira... Pero ya no, todo eso es del pasado. Entonces éramos una familia de ira, y al mismo momento, de paciencia y paz.
Abrazos

1:03 AM  
Blogger Pau said...

No puedo imaginarte con un ataque de rabia, lanzando el jarrón por la ventana. A mi sí, a ti no

2:41 PM  
Blogger giovanni said...

Pau, la realidad es a veces más amplia que la imaginación.

10:49 PM  
Blogger alruzla said...

Para mí cuento nostálgico y triste.Sería interesante que pulieses la traducción castellana y la hiciese literaria.sería interesante

7:39 AM  
Blogger giovanni said...

Alejandro, la traducción está hecha en buena parte con google. Creo que yo no sea la persona adecuada para transformarlo en un cuento literario. Tal vez a Jesús le apetece hacerlo... O, quien sabe, hay otro lector de mi blog a quien le gusta 'jugar' con mi texto.
Podría también ampliar el texto, pero capaz que ya estoy en otras labores e intereses, entonces no te prometo nada.
Un abrazo

9:17 AM  
Blogger Jesús Miramón said...

Me ha gustado mucho la historia de esa jarra y me ofrezco a hacer de corrector amistoso, si tú quieres.

(Como verás, estoy muy desconectado últimamente y te he leído hoy, pero me pongo a ello).

Un abrazo.

9:35 AM  
Blogger Jesús Miramón said...

LA JARRA DE BOLONIA

Antes de que la jarra se rompiera estaba entera. Es lógico. Y antes de que se rompiera había desaparecido, lo cual es menos lógico aunque precisamente porque desapareció y regresó, se rompió.

Hace muchos años mi mujer y yo recorrimos en bicicleta el norte de Italia desde Venecia a Pisa pasando por Chioggia, Ferrara y Bolonia. En esta última ciudad visitamos una tienda de cerámica. Éramos los únicos clientes y el propietario, un hombre algo gordo y triste, le regaló a mi esposa una cajita con forma de corazón, algo pensado para guardar un anillo o unos pendientes, según dijo sonriendo tímidamente. Nos contó que el último viaje que había hecho con su mujer había sido un crucero por el Rin. Le compramos una jarra decorada con la misma técnica mayólica que un plato que yo había heredado de mi abuela italiana, y al igual que aquel recuerdo nuestra jarra mostraba el sello de un dragón pintado en amarillo, azul y verde. De regreso al barco donde vivíamos en Holanda colgué la jarra de Bolonia en la barra que había entre la cocina y la sala de estar, allí luciría como prueba y símbolo del gran amor que nos unía a mi compañera y a mí.

Pero llegaron las peleas. Una noche de verano reñimos tan violentamente que, aprovechando que ella había ido al baño, cogí la jarra de Bolonia y la lancé al río a través del ventanuco que daba a estribor. Recuerdo que me sorprendió mi puntería pues la porta, como todas las del barco, era muy pequeña. Al día siguiente, después de la tormenta, le pregunté a mi mujer si notaba algo raro en la estancia. Señalé la barra donde ya no colgaba la jarra de Bolonia. No la había echado de menos.

Dos años más tarde estábamos a punto de hacer un viaje de siete meses a América Latina, algo que queríamos celebrar con una gran fiesta en la que no faltarían la música, la comida y la bebida. Aquella mañana mi esposa fue al mercado a comprar pescado, verduras, frutas, aceitunas y queso para nuestros invitados. Yo dije que iría a comprar flores, pero antes de irme quería fijar nuestro barco junto al muelle, pues el paso de un gran barco había aflojado una de las amarras. Mientras recorría la borda pensaba que tal vez fuese buena idea comprar una jarra para las flores frescas. Tomé un palo largo, empujé nuestra casa un poco de lado y en ese instante vi algo que flotaba justo bajo la superficie del agua. Lo que extraje del río resultó ser una jarra llena de lodo cubierta de mejillones. Limpié con los dedos la parte inferior del objeto y para mi sorpresa y alegría aparecieron los familiares colores azules y dorados. Llevé el tesoro a la cocina y lo limpié dejando algunos mejillones como testigos, colocándolo después en el bar. Media hora más tarde mi mujer regresó del mercado cargada de provisiones. Además de la comida traía serpentinas y dos faroles pintados con un gallo para adornar la fiesta. Le dije: “Mira lo que hay allí”. Ella no podía creerlo. Durante años mi esposa y yo tuvimos mucho éxito con la historia de nuestra jarra de Bolonia.

Mas, como había sucedido en el pasado, mucho tiempo después volvimos a tener una gran discusión, en el transcurso de la cual ella sacó la jarra de un armario de la casa a la que nos habíamos mudado. Durante unos segundos pensé: “¡No, no, no lo hagas!”, pero ella, con un grito furioso, la estrelló en el suelo de la cocina. Sentí como si algo se rompiera en mi cabeza. Minutos más tarde trataba de unir las piezas y, de nuevo para mi sorpresa, la coloreada marca del fondo de la jarra permanecía intacta. Guardé ese resto en un sobre acolchado junto a otras pertenencias preciosas. Algún día le daré un lugar privilegiado en la sala de estar como símbolo del viaje permanente de nuestro gran amor.

12:00 PM  
Blogger giovanni said...

Jesús, qué placer de leer mi propio cuento en forma mejor. Muchas gracias!

Un gran abrazo

12:51 PM  

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