Tuesday, January 31, 2017

A ella le gustó el invierno

Algo que es lejano, abstracto, se puede idealizar. Creo que idealizé a María cuando se abrió un diálogo franco y cariñoso entre nosotros. Lo que influyó en mi idealización era que yo tenía ese sueño de entrar nuevamente en contacto con un mundo que conocía de mi juventud, de mis vivencias en Chile y de mis viajes al sur de Europa. Influyó en la formación de ese sueño "latino" que mi padre murió cuando yo tenía solo 7 años y, eso también, que yo tenía ganas de tener contacto con el mundo en que mi abuela italiana, la madre de mi mamá, había vivido en su juventud. Una vez, en una sesión de hipnoterápia, surgió la cara de mi abuela italiana flotando sobre la pista de patinaje donde tuve por primera vez contacto real y concreto con María (teniendo su pequeña mano en la mía, enseñándola a patinar, enamorándome locamente de ella). Lo especial era que la cara de mi abuela italiana se transformó en la cara de María, mi pequeña amiga de Argentina (mi abuela italiana era también pequeña).

Supongo que algo semejante haya pasado con María. Estoy seguro de que ella me idealizó, en eso mi memoria no falla, pero no puedo comprobarlo releyendo sus cartas porque las boté a la basura (junto con mis cartas imprimidas y escritas a mano, todas enviadas por fax). Las únicas cartas de ella que todavía tengo son las que ella me escribió antes de nuestra correspondencia del año 1999. En una de ellas, del mes de Enero del año 1983, encuentro una prueba de que su sueño era de entrar nuevamente en contacto con el mundo que ella había conocido teniendo 12-13 años y siendo mi amiga. Contestando a una carta que yo le había escrito ella me contó que todavía sintía el aroma de los bosques del pueblo donde ella y yo vivimos cuando nos conocimos. Viviendo en mi pueblo aprendió a querer la lluvia, el frío y la nieve. Para ella el calor del verano en la provincia de Mendoza era agobiante, quitándole vitalidad. Le gustaba el invierno, el frío, y siempre andaba buscando nubes en el cielo con la esperanza de gozar con una refrescante lluvia. Cuando eso sucedía, salía a caminar para respirar ese profundo aroma de la lluvia que flotaba en el aire y se veía caminar en mi pueblo o recorrer en bicicleta sus alrededores. Por fin, me contó que los bosques de mi pueblo, de otoño y de invierno especialmente, habían quedado como un cuadro en su memoria. Bastaba cerrar sus ojos y ya estaba otra vez en los campos que frecuentaba casi todos los días.

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